En el contexto del conflicto norirlandés, también llamado “the Troubles” la violencia ha sido prácticamente diaria desde la década de 1970 hasta el Acuerdo de Viernes Santo, que puso fin a la violencia en 1998. Mi estancia en Belfast y Derry en julio de 2026 estuvo marcada por los resquicios de la violencia de esos años. El viaje formaba parte de una formación sobre los DDHH ofrecida por el Consejo de la Juventud de Euskadi (EGK por sus siglas en euskera).
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Mi conocimiento sobre el conflicto antes del viaje era bastante escaso, prácticamente el esperado por casi cualquier ciudadano que no resida en la isla de Irlanda o Gran Bretaña. El propio nombre “the Troubles” me sugería que la violencia fue fruto de una disputa religiosa y nacionalista entre protestantes lealistas a la Corona Britanica y católicos republicanos.
Poco más tarde, el primer día de estancia en Belfast, mi perspectiva sobre el conflicto entró en disputa, tras dialogar con un guía republicano irlandes. Según él, el término “the Troubles” era un recurso lingüístico por parte del Reino Unido para tratar de quitar importancia a lo que para muchos irlandeses suponía un evidente caso de guerra anticolonial.
Para muchos irlandeses, el conflicto era una guerra de independencia contra el Reino Unido, una continuación de la Guerra de Independencia irlandesa de 1919-1921 que llevó a la creación de la República de Irlanda. Las guerras anticoloniales, como las realizadas por distintos países africanos contra potencias europeas o guerras de independencia como las de Cuba o Filipinas contra la Corona Española suelen gozar de mayor complicidad internacional, de ahí la disputa terminológica entre británicos e irlandeses por la denominación del conflicto. Vemos pues aquí, que el conflicto no solo tenía como protagonista la sangre, sino también la tinta.
Los murales en las calles de Belfast en honor a voluntarios del IRA así como a paramilitares lealistas al Reino Unido siguen presentes en el dia a dia de los norirlandeses, lo que me genera sentimientos divididos: por un lado, comprendo que los irlandeses y británicos de Belfast quieran honrar la memoria de los caídos por su propia causa. Por otro lado, muchos de los murales están plagados de simbología militar que podrían volver a incentivar cierta violencia a las generaciones futuras que han nacido en una relativa paz.
Estos son algunos murales que pueden observarse en Belfast y Derry.

¿Puede mantenerse lejos la violencia con murales como estos?

Personalmente, y a pesar de los murales y memoriales de índole militar y paramilitar, creo que la violencia en Irlanda del Norte cesará entre realistas y republicanos. Esa herida que está cicatrizando año a año contrasta con los episodios de violencia contra personas migrantes en Belfast.
El pasado 8 de junio, un apuñalamiento por parte de un refugiado sudanés a un ciudadano británico se viralizó y desató graves disturbios en Belfast entre el 9 y el 11 de junio. Cientos de enmascarados, organizados por redes sociales, bloquearon la ciudad, atacaron hogares y comercios de inmigrantes generando 62 incidentes en una noche.
Este caso no ha sido el primero en la isla de Irlanda, también ocurrió algo similar hace apenas tres años en Dublín. Los disturbios se originaron el 23 de noviembre de 2023 tras un ataque con arma blanca frente a un colegio de Dublín, donde Riad Bouchaker, de nacionalidad argelina, hirió de gravedad a tres menores y a una cuidadora. Esa misma noche en el centro de la capital grupos antiinmigracion realizaron saqueos, incendios y agresiones a ciudadanos migrantes y policías.
Todavía es pronto para poder afirmar que la violencia de motivación política que había ocurrido hasta ahora en Irlanda del Norte vaya a ser sustituida por violencia de motivación racista o antiinmigración, o al menos en la misma escala.
