Autor: https://institutoeuropadelospueblos.org/opal-fruits/
A mediados de la década, enfrentamos la subversión, casi sobrevenida, de lo que significa Occidente. Las declaraciones de Macron que en 2019 tildaron a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como falta de objetivo y sentido, parecen representativos de una realidad muy distinta a la actual. Era un momento en que el ascenso de Trump extrañaba profundamente a gran parte del entorno occidental, con contadas excepciones en los gobiernos de Hungría y Polonia. La Unión Europea estaba todavía determinada en su intención proseguir con su integración político-económica, preparándose para despedir a Merkel pero que en líderes como la nueva presidenta de la Comisión Europea von der Leyen o Macron en París, veía la oportunidad de renovación y liderazgo decisivo. Mientras tanto, en el este del viejo continente, encontrábamos a Ucrania consolidando los efectos de la Revolución de la Dignidad o Euromaidán, y que enfrentaba intervención rusa en la anexión de Crimea y en el congelamiento del conflicto del Donbás. Los acuerdos Minsk que oficializaron el enfriamiento del conflicto a la espera de una solución política mientras Rusia intentaba debilitar la integridad del país, dejaron a Ucrania en un limbo que tan sólo se rompió con la invasión del 24 de febrero de 2022.
Hoy día, la imagen cambia radicalmente. La OTAN incuestionada como plataforma de entendimiento entre Unión Europea y Estados Unidos, el apoyo a Ucrania bajo la presidencia de Biden pareció restaurar la unidad entre ambos lados del Atlántico frente a la agresión rusa. Fue inmediato el respaldo a Kiev, desde un principio liderado por países vecinos como Polonia en términos incondicionales, y que eventualmente implicó a Alemania y a Francia, que habían tratado de encontrar formas de resolución diplomática del conflicto. Se manifestó este en el inicio de procedimientos para la incorporación de Ucrania a la Unión Europea, en el levantamiento de aranceles en los productos ucranianos con tal de ayudar a su esfuerzo bélico en el espacio económico europeo, y una serie de ayudas civiles, militares y humanitaria por parte tanto de Europa (Unión, estados miembro individualmente y otros como Reino Unido) como de Estados Unidos. A día de hoy, la inversión suma casi doscientos mil millones de euros, en casi paridad, en forma de ayuda humanitaria, militar y demás formatos a Ucrania.
Sin embargo, a lo largo de los últimos casi tres años, muchas han sido las controversias que han suscitado las consecuencias económico-estratégicas del apoyo a Ucrania y la ruptura de ligazones con Rusia. Un encarecimiento de la electricidad a causa del cese de suministro ruso, y la subsiguiente ralentización de las principales economías de la Unión, aun no siendo el único, sí que parece caracterizarse como el gran catalizador o revulsivo que ha alterado la percepción de muchos sectores socioeconómicos. Revisionistas de la oposición europea a Rusia los hubo desde un primer momento en la Budapest de Orban, pero también nuevamente en la Eslovaquia de Fico, y quizás de manera más alarmante, en el partido que las encuestas postulan como nuevo líder de la oposición alemana, Alternativa por Alemania (AfD). Estos grupos vienen realizando una lenta pero constante marcha hacia las más altas cotas de poder desde lo que en décadas anteriores habría sido considerado radical, externo o inaceptable en el discurso político: admiradores de China bajo Xi Jin Ping, Turquía bajo Erdogán o de la Rusia bajo Putin, nuevos autoritarios que claman por la revisión y reversión de los efectos de unas agendas liberales y globalizadoras. Eran estos grupos los que parecieron tener que guardar silencio cuando pareció asumirse al unísono una vez más, el que Occidente seguía representando democracia y libertad frente a sus enemigos geopolíticos, cuyos regímenes debían ser desmantelados o contenidos a toda costa.
Hoy, sin embargo, y a causa de eso que hace de este artículo pertinente, un nuevo planteamiento y decisión es necesario. El factor de novedad es el retorno de Trump in medias res, donde Ucrania es un irrenunciable inversión para EEUU y Europa. Tanto ideológica como materialmente ya parte de Occidente como país libre y sacrificado por la libertad del mismo, y en el que se han apostado tantos recursos durante estos últimos tres años de guerra. Es un hecho incuestionable el que Ucrania constituye un elemento vinculante irrenunciable para americanos y europeos. Lo que la OTAN ya no parecía significar en la genérica manutención del status quo post-Guerra Fría, ahora lo representa clara y tangiblemente: estamos todos involucrados en Ucrania, sea cual sea el resultado. En una derrota o colapso súbito de Kiev, se pierden posiciones clave ante un enemigo que, victorioso, impondría un nuevo balance de fuerzas en Europa. Mientras tanto, en una victoria en la que se libera todo o parte del territorio ucraniano, o en una consolidación del actual frente como nueva frontera del país, los términos en los que se negocie involucrarán reparto de derechos y obligaciones. ¿Qué dinero y qué empresas entran en la reconstrucción del país? ¿Qué línea diplomática primará para Kiev entre Washington y Bruselas? Y más crucialmente aún, ¿dónde quedan las relaciones con Rusia una vez ‘termine’ esto?
Las preguntas estaban ya ahí, con o sin Trump. Lo que cambia ahora es en qué clave pensar su respuesta. Ahora se perfila un nuevo choque, quizás más virulento que el de su primera presidencia, entre EEUU y Europa en cómo dirigir la política externa global. Sin embargo, ya no es Europa una coalición de países con un claro liderazgo, ya que la nueva Comisión Europea apenas hace unos meses ha empezado a gobernar, y presidente y canciller de Francia y Alemania respectivamente se encuentran en tiempo de cuentagotas. Pero esto no es lo fundamental, ya que eso es tema de posición estratégica que se da en esta negociación como en cualquier otra. Lo que es crucial es saber con qué entendimiento de base entren a la negociación los aliados occidentales. Como ya se ha dicho, en 2017 Trump entró siendo un outsider, desconocido y hostil ante los políticos de su entorno, tanto aquí como en América. Ahora suenan otras melodías: la extrema derecha, sumando los diferentes grupos parlamentarios que la representan en la Eurocámara, es hoy por hoy la segunda fuerza política de la Unión Europea. El más estable de los liderazgos de entre los tres grandes estados fundadores, Alemania, Francia e Italia, parece corresponderle al tercero, con una coalición que muchos denominan neofascista, que y aun comprometida con las instituciones de la UE y la OTAN, es parte de la nueva derecha a cuya cabeza se posiciona Trump, después de todo.
A las puertas de nuevas elecciones parlamentarias en Alemania este mismo mes, Trump y sus aliados aspiran a apoyar al xenófobo y peligrosamente filonazi partido AfD, de la misma manera en la que lo hacen con Nigel Farage en Reino Unido o con Vox en España. Mientras tanto, von der Leyen se perfila en declaraciones y nombramientos cada vez más dispuesta a asumir este cambio de vientos en favor de vías más radicales. Trump ya no sólo altera la intransigencia de la posición americana ante la mesa de negociación, sino que condiciona quiénes serán los europeos que en ella se sienten. Ucrania es ese gran nexo a través del cual tiene que haber entendimientos entre dos gigantes, que además vienen sufriendo en sus respectivas carnes un proceso de derechización muy resonante a ambos lados del Atlántico y con constantes referencias mutuas. (Véase la lista de invitados a la toma de posesión de Trump de este enero).
Quienes hablan de un simple Europa versus EEUU se encuentra fuertemente limitado, de la misma manera en que lo haría quien sólo ve Occidente versus Rusia/China. Hay muchas líneas de fuga en y entre ambas dicotomías, donde los capitales van a tener un papel cada vez más explícito del habitual. No es ya sólo la industria armamentística o la energética, cuyos enormes engranajes hemos visto moverse desde el primer momento en la guerra de Ucrania. Entran ahora, como a Trump poco le ha importado disimular, las constructoras en la Gaza arrasada. Toda una serie de industrias y sectores económicos que, no olvidemos, también tienen sus favoritos en las elecciones, exigen tener una participación en la reconfiguración de un inmenso país que ha sufrido cuantiosos daños a causa de la guerra y todo lo que ella arrastra. Europa tendrá que decidir (esto no en términos genéricos, sino concretísimos, en las urnas de las escalas local, regional, estatal y europea), si quiere seguir la vía de esta nueva derecha y participar de sus entendimientos o no. Durante los próximos cuatro años Trump es la variable invariante en todo planteamiento, lo que queda por decidir es cómo quiere enfrentar Europa la mesa de negociación. La espada de Damocles que cuelga sobre las cabezas de socialdemócratas y democristianos que aún pretenden mantener el tipo en los términos en que se sacaron la foto con Biden en 2022, es que los efectos de la guerra sigan sirviendo como vía acelerada hacia su colapso electoral.
*Imagen: La Torre Trump de Chicago se ha colado en el skyline de Kiev, junto al monumento de la Madre Patria.
